Conclusiones Workplace Design Conference Buenos Aires 2026
El mundo corporativo ya ha cambiado mucho más de lo que muchas organizaciones todavía quieren admitir.

El pasado 5 de mayo se celebró en la sede de Globant la Workplace Design Conference de Buenos Aires. La conferencia dejó una sensación muy clara al terminar la jornada: el mundo corporativo ya ha cambiado mucho más de lo que muchas organizaciones todavía quieren admitir. Y quizá lo más interesante fue que, por primera vez en mucho tiempo, la conversación dejó de girar alrededor de los famosos “dos días”, “tres días” o “presencialidad obligatoria”. La sensación general era otra. Mucho más profunda. Mucho más incómoda también para muchas compañías.
La pregunta ya no es cuántos días va la gente a la oficina.
La pregunta real es: ¿para qué merece la pena ir?
Y esa pregunta cambia absolutamente todo.
Cambia el diseño. Cambia la gestión. Cambia la cultura. Cambia el modelo inmobiliario. Y cambia incluso el papel que tienen los líderes dentro de las organizaciones.
Durante años, el sector corporativo diseñó oficinas bajo una lógica casi industrial. El objetivo era maximizar ocupación, eficiencia y control. Filas infinitas de puestos de trabajo, grandes open spaces y una obsesión continua por densidades, ratios y metros cuadrados. Aquello respondía a un modelo donde las personas acudían todos los días al mismo sitio para realizar prácticamente todo su trabajo.
Pero ese modelo desapareció.
Y aunque muchas empresas todavía intenten pelearse contra esa realidad, la realidad ya ganó hace tiempo.
La flexibilidad no es una moda. No es una concesión temporal. No es un beneficio corporativo. Es una transformación social. Y lo interesante es que prácticamente todas las compañías, incluso las más avanzadas, reconocen hoy que siguen aprendiendo. Que todavía no tienen todas las respuestas. Que están probando, ajustando, equivocándose y volviendo a empezar.
De hecho, una de las ideas más repetidas durante el evento fue precisamente esa: nadie sabe exactamente cómo será la oficina dentro de cinco años. Porque la velocidad del cambio es brutal. Lo que sí empieza a estar bastante claro es lo que la oficina ya no puede seguir siendo.
Y ahí apareció una de las ponencias más interesantes del día, la de investigación global de MillerKnoll. Su planteamiento era extremadamente potente: durante décadas diseñamos oficinas pensando en actividades. Salas para reuniones, puestos para trabajar, phone booths para llamadas, cafeterías para descansar. Todo giraba alrededor de las tareas. Pero hoy prácticamente todas esas actividades ya pueden hacerse desde cualquier sitio gracias a la tecnología.
Entonces, si el trabajo individual ya puede hacerse desde casa, desde un coworking o desde una cafetería… ¿qué sentido tiene realmente la oficina?
La respuesta fue probablemente una de las grandes conclusiones del evento: la oficina debe convertirse en un espacio de relaciones humanas.
No un sitio para sentarse delante de una pantalla.
Un lugar donde ocurran cosas difíciles de replicar digitalmente: mentoría, aprendizaje informal, creatividad colectiva, construcción de confianza, cultura, pertenencia, conexión emocional y conversaciones espontáneas.
Porque, paradójicamente, cuanto más digital se vuelve el trabajo, más valor adquiere la interacción humana presencial.
Y esto conecta además con otro fenómeno que apareció varias veces durante la jornada: la creciente sensación de desconexión emocional dentro de las organizaciones. Se compartieron estudios internacionales que muestran algo bastante inquietante. Personas hiperconectadas digitalmente, participando continuamente en Teams, Zoom o Slack… pero cada vez más solas. Más desvinculadas. Más desconectadas emocionalmente de sus compañeros y de sus empresas.
Y aquí apareció otro de los grandes protagonistas del día: la inteligencia artificial.
Mientras muchas compañías piensan que la IA reducirá la necesidad de oficinas, la sensación general del debate fue casi la contraria. La IA automatizará muchísimas tareas individuales, sí. Pero precisamente por eso, las organizaciones necesitarán todavía más espacios para creatividad, pensamiento estratégico, innovación colectiva y conexión humana de calidad.
Porque implementar IA no es solamente usar herramientas tecnológicas. Es cambiar formas de trabajar. Y eso requiere interacción humana intensa.
En ese contexto, el caso de éxito de Globant fue especialmente interesante. No tanto por la espectacularidad física de sus oficinas, que también, sino por la claridad conceptual con la que entienden el workplace. Ellos explicaban que sus oficinas no son simplemente espacios físicos, sino espacios de manifestación cultural. Y probablemente ahí está una de las claves del futuro del sector.
Globant no diseña oficinas para obligar a la gente a volver. Diseña espacios para seducirla.
La diferencia es enorme.
Porque cuando una empresa entiende que la presencialidad debe tener propósito, automáticamente cambia la forma de pensar el espacio. Aparecen laboratorios de innovación, cafés, zonas sociales, espacios musicales, áreas creativas, lugares para encuentros informales y también espacios de bienestar ligados a certificaciones como WELL Building Standard. Pero lo importante no era el diseño físico en sí. Lo importante era el mensaje de fondo: las personas no deberían ir a la oficina para hacer exactamente lo mismo que podrían hacer desde casa.
Y quizá esa frase resume gran parte del momento que vive hoy el workplace.
Porque muchas oficinas actuales siguen diseñadas para un mundo que ya no existe.
De hecho, durante el cierre del evento apareció una idea bastante contundente: sobran workstations. Sobran open spaces gigantes llenos de benches corporativos. Sobran metros cuadrados dedicados exclusivamente a puestos de trabajo individuales. Lo que falta son espacios sociales, espacios cerrados para videollamadas, lugares flexibles, áreas reconfigurables y entornos capaces de generar experiencia y energía colectiva.
Antes, las empresas organizaban offsites fuera de la oficina para construir equipo, transmitir cultura o reforzar vínculos. Hoy, curiosamente, esas son exactamente las funciones que debe asumir el propio espacio corporativo. La oficina se está convirtiendo en una especie de offsite permanente.
Y eso obliga también a replantear el propio rol del diseño corporativo.
Porque probablemente ya no se trata de hacer un gran proyecto cada diez años y olvidarse. Ahora el workplace se parece mucho más a un proceso continuo de experimentación. Probar cosas. Medirlas. Ver si funcionan. Ajustarlas. Volver a probar. Porque las culturas cambian, las generaciones cambian, las tecnologías cambian y las dinámicas de trabajo evolucionan constantemente.
La conclusión final del evento fue bastante clara y, honestamente, bastante lógica.
El futuro del workplace no va de imponer presencia.
Va de crear lugares donde realmente merezca la pena estar.
Y probablemente esa sea hoy la gran oportunidad —y también el gran desafío— para las organizaciones, para el real estate y para todos los que trabajamos diseñando espacios corporativos.
Así se vivió la #wdcBuenosAires ver aquí.